El misterio de una extinción halla un aliado en un caracol con una computadora a cuestas

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Varios años más tarde, el equipo de Blaauw recibió una solicitud que destacaba de las demás: pegar las diminutas computadoras a caracoles carnívoros en Tahití. La propuesta de Bick parecía perfecta: una oportunidad de probar los sensores en el mundo real con colaboradores cercanos y para ayudar en un proyecto que pudiera fomentar la conservación de la vida silvestre.

Para preparar los sensores para los caracoles, el laboratorio de Blaauw agregó un diminuto cosechador de energía con celdas solares para que el sensor pudiera recargar la batería con el sol. Envolvieron el sistema en resina epoxi para que el sensor estuviera protegido del agua, la luz fuerte y la vida brusca del caracol promedio.

Sin embargo, tenían un problema. Necesitaban dotar a las computadoras diminutas de la energía para medir la luz, pero que el sistema no tuviera baterías grandes que pudieran aplastar un caracol. Inhee Lee, quien en la actualidad es profesor adjunto de Ingeniería Eléctrica y en Computación en la Universidad de Pittsburgh, pero en aquel entonces era investigador en el laboratorio de Blaauw, ayudó a resolver el enigma. Lee y Blaauw simplemente reutilizaron el cosechador y midieron la velocidad de su carga solar en lugar de la luz del sol.

Con los caracoles invasivos de un jardín de Míchigan, los investigadores primero intentaron pegar las computadoras con imanes y velcro, pero fracasaron hasta que descubrieron cómo pegar una tuerca de metal a la superficie y atornillar el sensor en la tuerca. Entonces, los caracoles y sus diminutos pasajeros estuvieron listos para capear la simulación de los elementos (baldes de agua).

En agosto de 2017, Bick y Lee llegaron a Tahití con 55 sensores. Pasaron de un valle al otro guiados por Trevor Coote, un autor del artículo y especialista en estos caracoles de tierra radicado en Tahití (Coote murió de COVID-19 en febrero).

Todos los días, los investigadores monitoreaban los caracoles durante horas para garantizar que no se escaparan. De vez en cuando, les llovió. No tenían permiso para pegar computadoras en los Partula hyalina, considerados en peligro de extinción, así que colocaron cámaras que apuntaran directamente a los caracoles desde el costado mientras dormían en las hojas durante el día, en esencia para monitorear cuánta luz solar recibían los caracoles inmóviles. Sin embargo, los caracoles lobo rosados con las computadoras montadas demostraron ser un desafío más complicado, pues los moluscos se movían lento, pero con determinación para buscar comida (un caracol huyó con un sensor algunos días).

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